Por: Pilar Alvarez Masi

Hoy cambiamos de espacio y somos más. Fernando ubica la pizarra y yo me siento, como la vez anterior, a anotar: los conceptos no son muchos ni complejos pero, intuyo, pasarlos por el cuerpo y articularlos como si los estuviera leyendo de una partitura implica entrenamiento (mucho) y concentración.

Empezamos, otra vez, analizando algunas diferencias: ¿es lo mismo una acción que una tarea? Y si no son lo mismo, ¿las puedo combinar? Según Fernando Baretto, la respuesta a la primera pregunta es un NO y a la segunda, un SÍ: tenemos, por lo tanto, planteados los dos grandes recursos de los que dispone el acter, las acciones (relacionadas con el cuerpo propio) y las tareas (hacia afuera, involucrando un objeto). Falta aclarar que tanto una como otra tienen que ser, sin excepción, dramáticas: pagamos para ver, en escena, un cuerpo emocionado. Ahora bien, si las podemos combinar, y la teoría dice que sí, tenemos como resultado lo que Cadencias Emotivas denomina bisociaciones, y ahí es cuando, lo que en teoría es fácil de asimilar, empieza a complicarse a la hora de ponerlo en funcionamiento.

Todavía falta ver qué hacemos con la voz, pero Fernando prefiere, primero, hacer un ejercicio con lo anterior. Me dispongo a observar y, entre risas, me dice que esta vez me toca participar; en pareja con otra chica, que tampoco viene del teatro, jugamos. Inmediatamente confirmo mi primera intuición: hacerlo cuerpo es difícil y la complejidad está, sin dudas, en la cantidad de detalles a tener en cuenta pero, a su vez, hacerlo cuerpo es práctica, es incorporarlo para dejar de estar pensándolo permanentemente.

¿Y qué pasa con la voz? ¿Cómo puedo actuar con ella? ¿Qué anexos puedo usar para retener un texto sin hacer silencio? Baretto afirma que al pensar en las respuestas a estas preguntas se le vino a la mente la sensación de estar pedaleando y, por eso, todo lo que haga con la voz que sea equivalente a una tarea dramática es un pedal: los hay de tos, de onomatopeya, de palabra, de…  Incorporamos, y volvemos a jugar.

Después del primer encuentro me fui con la duda de si yo también podía actuar y ahora, después del segundo, me voy con la tarea de poner en práctica y sistematizar (no racional, sino corporalmente) la teoría. Queda mucho por hacer, pero la partitura da seguridad, marca un camino. Nos vemos en el tercer encuentro, con escena ya planteada, público y devolución. De este me llevo, fundamentalmente, una imagen: somos una especie de piano sobre el escenario, disponemos de muchas cuerdas y, por lo tanto, tenemos al alcance de nuestras manos muchas combinaciones, sólo hay que empezar y probarlas.

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