Sin Selene (Fiesta Provincial del Teatro 2019. Fotografía: INT Representación La Pampa FB)

Por: Pilar Alvarez Masi

Otra vez voy con ventajas al teatro, y como ya conozco de qué va Sin Selene (escrita y dirigida por Fernando Baretto), esta vez quiero prestarle atención al texto y, fundamentalmente, al subtexto, porque, como sucede con Monoambiente, la primera vez quedan muchos detalles sin descubrir.

La acción transcurre en diferentes escenarios y cuenta el vínculo que se crea entre un funcionario y una empleada pública de la Municipalidad. A partir de allí, explotan las metáforas y lo insinuado, esa parte del iceberg que queda por debajo del agua y a la que el espectador se va acercando a medida que la obra avanza; de ahí también la necesidad de repetir, de volver a ir.

La primera vez que la vi especulé con quién era ese personaje al que Mina (interpretada por Magalí Gigena) y JuanC (interpretado por León Luna) se referían. El texto juega con las similitudes y las analogías y lo terrible, en definitiva, es que sin nombres ni fechas funciona igual para cualquier lugar, para cualquier época. Sin embargo, a lo largo de la obra vamos anclando la historia a un lugar, a un momento y Mina se encarga, sutilezas y metáforas de por medio, de trazar los vínculos con otras etapas de la historia que, cargadas de violencia y de avasallamiento a los derechos humanos, transitan a veces los libros como si fueran meros apéndices y no un continuum entre lo que hay hoy y lo que hubo ayer.

Además de los dos protagonistas, el tercer elemento presente (y a la vez ausente) en la obra es la luna, es Selene, esa que se convirtió en botín de guerra y que a los personajes les fue arrebatada. Al incorporar su carga simbólica, construida cultural e históricamente, la luna se transforma en lo robado, en la luz que no está, en la noche oscura en la que nada se ve con claridad y todos los contornos se tornan difusos.

Un reloj (que no vi, volveré a asistir), cubos negros, dos mesitas con elementos personales, un perchero y un atril que indica las diferentes locaciones. Dos personajes en escena y la ruptura, por momentos, de la cuarta pared que refuerza no sólo la temática de la obra sino también la responsabilidad del público, de todos nosotros: JuanC y Mina vuelven, por un momento, a ser Magalí y León para interpelar directamente, y sin actuación, a quienes estamos sentados del otro lado. Ese salir de la ficción, ese dejar de ser esos dos personajes que generan ternura y sacan sonrisas y pasar a ser portavoces de una de las tragedias más grandes que tuvo nuestro país, es, sin lugar a dudas, el registro que más anclado me queda.